Grandes historias 2013: el golpe de Estado que todavía divide a Egipto

Partidarios de Mohamed Morsi protestan en las calles por su derrocamiento
Pie de foto, Los partidarios de Morsi siguieron protestando tras el derrocamiento de su líder.
    • Autor, Dina Demrdash
    • Título del autor, Servicio Árabe de la BBC

Todavía no hay nombre de consenso para lo que ocurrió en Egipto entre el 30 de junio y el 3 de julio de 2013, cuando el presidente Mohamed Morsi fue sacado de la presidencia del país.

Todo empezó con la campaña del Tamarod, una organización de base que se creó con el fin de recoger firmas para pedir la renuncia de Morsi en el primer aniversario de su llegada al cargo.

Morsi se había convertido en presidente en 2012 por vía de elecciones democráticas, tras una revolución que había desembocado en la renuncia de Hosni Mubarak, tras un mandato que se prolongó por 29 años.

Pero no había sido una elección fácil. Morsi llegó al poder de la mano de los Hermanos Musulmanes, un movimiento trasnacional islámico cuyo capítulo egipcio había actuado como uno de los principales partidos de oposición durante la era Mubarak.

Cuando se juramentó, algunos temían que tener a un presidente de un grupo en particular, al que precede una reputación de dogmático, se convirtiera en un problema en Egipto, en el sentido de no ayudar a la experiencia democrática después de la revolución.

Enfrentamientos entre simpatizantes y opositores a Morsi
Pie de foto, Lo que empezó como una manifestación pacífica terminó en violentos enfrentamientos.

Pero había una gran expectativa de que en realidad actuara en forma inclusiva, como reiteraba en cada uno de sus discursos; de que no gobernara para su propio grupo o partido.

Los primeros dos o tres meses, esta sensación de esperanza todavía parecía inundarlo todo. Pero los egipcios no son muy pacientes, especialmente después de la revolución.

Eso fue lo que pasó con Morsi: se dio a sí mismo un plazo de 100 días para cambiar las cosas en la práctica, en términos de infraestructura, en términos de seguridad. Cuando no logró hacerlo, la gente comenzó a expresar frustración.

Algunos argumentan que no es justo con Morsi, porque había heredado un legado de 30 años de Mubarak e incluso de quienes lo precedieron. Resolver los problemas de Egipto no era cuestión de cien días, ni siquiera de un año. Pero a esas alturas, la insatisfacción parecía no tener retroceso.

El otro elemento fue religioso. La mayoría del pueblo egipcio es moderado desde el punto de vista religioso. El nombramiento por parte del presidente de ministros y funcionarios de su partido incrementó los temores sobre la posibilidad de Egipto se estuviera convirtiendo en un Estado islamista.

Dos mujeres egipcias frente a una barricada militar
Pie de foto, El elemento religioso fue otro factor de enfrentamiento entre los simpatizantes de los Hermanos Musulmanes y sus detractores.

Éste se defendía, con el argumento de que la oposición no había hecho ningún esfuerzo por apoyarlo en la transición, y que cada vez que había tenido iniciativas para incorporarla al gobierno, lo habían rechazado.

Para finales de junio, no parecía que nos encaminábamos a otra revolución, pero estaba claro que los egipcios estaban teniendo problemas para aceptar lo que tenían en realidad, dos años después de la revolución de 2011. No estaban contentos con el estado de cosas y querían cambiarlo.

El día 30 los manifestantes salieron masivamente a la calle a exigir la renuncia de Morsi y elecciones adelantadas. Era obvio que muchos no regresarían a su casa hasta que vieran satisfechas sus demandas.

El jefe del Ejército, Abdul Fatah al Sisi, en alocución el 3 de julio
Pie de foto, El ultimátum venció el 3 de julio a las 16:35 locales. El jefe del Ejército anunció la salida del poder de Morsi.

La plaza Tahrir -ícono de la revolución de 2011- fue el centro donde los manifestantes contrarios a los Hermanos Musulmanes se reunieron. La escena se mantuvo pacífica con la protección del Ejército, otra indicación de que los militares estaban comenzando a inclinarse por este bando. Quienes apoyaban a Morsi confluyeron en otros vecindarios de El Cairo y otras ciudades.

Lo que había comenzado como un movimiento pacífico, pronto desencadenó en ataques a la sede de los Hermanos Musulmanes, y violentos enfrentamientos entre los dos bandos se sucedieron en las calles. Hubo decenas de muertos. Entonces fue cuando los hechos parecieron evolucionar hacia un desenlace más dramático.

El primero de julio, el Ejército emitió un ultimátum, que le daba dos días a Morsi para resolver la situación.

Ese fue un momento muy significativo, que envió el mensaje de que los militares no estaban simplemente interfiriendo, sino que estaban tomando partido por el bando de los manifestantes de oposición. Le decía al presidente: tiene que escuchar a esta gente o vamos a tomar el control.

Ahí quedó claro que lo que había comenzado con una manifestación, estaba evolucionando hacia un golpe.

En los dos discursos que efectuó en el transcurso de aquellos días caóticos, Morsi reiteró la misma idea: que él era un presidente electo democráticamente y que el Ejército no debería decirle qué hacer ni tomar partido. En estos términos, no había espacio para la negociación política.

Finalmente, el 3 de julio, a las 16:35 hora local, venció el plazo impuesto por los militares. En una alocución televisada, el jefe del Ejército, el general Abdul Fatah al Sisi, anunció que el presidente había sido removido del cargo, que la Constitución quedaba suspendida y que se llamaría a nuevas elecciones.

Tanques y tropas rodearon las principales instalaciones de gobierno. Morsi fue puesto bajo arresto en un lugar desconocido. Los militares nombraron al fiscal Adly Masour como presidente interino, con el mandato de formar un gobierno tecnocrático de transición.

Con todo, quienes participaron en aquellos eventos extraordinarios fueron reacios a llamar el episodio "golpe de Estado".

Se trata de un término que, en efecto, describe una situación en la que un gobernante civil es depuesto por líderes militares, aun cuando le entreguen el poder a civiles, lo que describía lo que había ocurrido en Egipto.

Celebraciones en la plaza Tahrir, después del derrocamiento de Morsi
Pie de foto, En la plaza Tahrir de El Cairo, el derrocamiento fue celebrado con fuegos artificiales.

Pero para la gente esa palabra puede herir muchas sensibilidades: para ellos, se trataba de su revolución; habían sido ellos quienes habían sacado a Morsi del poder. Por contraste, para quienes rechazaban las protestas, la actuación del Ejército no hacía sino contradecir su propia voluntad expresada en elecciones populares.

Incluso hoy los egipcios tienen el mismo dilema. La pregunta de "¿fue una revolución o un golpe?" sigue estando ahí, tanto en los medios de comunicación como en las discusiones en la calle.

Mientras tanto, Egipto sigue siendo un país dividido, yo diría que en tercios. Por un lado, están quienes no querían a Morsi en primer lugar y apoyaban la continuidad de Mubarak. Por otro, están quienes apoyan a Morsi, muchos de ellos de creencias islamistas, pero también quienes simplemente quieren que el voto que emitieron en 2012 sea respetado. Y finalmente, están aquellos que no apoyan a ninguno de los dos.

Este último grupo se siente atrapado. Algunas de estas personas habían votado, de hecho, por Morsi, al creerlo el menor de males, frente a la opción del continuismo representada por el candidato Ahmed Shafiq.

Después manifestaron por sacarlo del cargo. Y ahora, se ven como al principio, con el país en manos de un Ejército que nombra a las mismas personas acusadas de corrupción en la era Mubarak, que legaliza los juicios militares a los civiles, que prohíbe el mismo derecho a protestar.

Rezos en viernes por parte de partidarios de Morsi
Pie de foto, No parece que la tranquilidad vaya a volver pronto a Egipto.

Todavía hay mucho espacio para la frustración en Egipto. No hay indicación de que la paz y la calma volverán pronto.