
Desde el aire se puede ver con claridad el daño provocado por la minería informal en el Departamento de Madre de Dios. Esta región de la Amazonía peruana, en el sureste del país, alberga más de 1.300 especies de aves, más de 900 de mariposas, 200 de mamíferos y cerca de 10.000 variedades de plantas.

Las fotos muestran las zonas afectadas, entre la mina de Guacamayo y la de Jayave y Arenal. A ellas se puede acceder por el tramo sur de la carretera Interoceánica, que conecta Puerto Maldonado con Cuzco. Esta vía, que está en pleno proceso de construcción ha facilitado la penetración de los mineros en la selva.

Los mineros remueven los suelos y talan los árboles para buscar el oro acumulado en la selva a lo largo de millones de años. Lo que dejan tras de sí es un desierto cubierto de agua y lodo. Para muchos, el daño es irreversible, pues la vegetación y la fauna que se pierden ya no logran recuperarse.

Además de la tala y la degradación de los suelos, el mercurio que se utiliza para separar el oro de la arenilla contamina las aguas de los ríos. Ya se han detectado rastros de esta sustancia química en los peces que habitan estos ríos y que constituyen una parte fundamental en la dieta de los indígenas de la región.

La actividad minera ha modificado profundamente el paisaje ribereño. Donde antes había playa hay ahora montañas de rocas y palos de madera enclavados en el agua que los mineros usan para colocar plataformas en las que trabajar.

Se estima que en este sector trabajan de manera informal más de 30.000 personas y se calcula que la región produce al año cerca de 16 toneladas de oro. Por día, los obreros llegan a sacar entre 4 y 5 gramos.

Para extraer oro del lecho del río los mineros utilizan dragas. Esta maquinaria pesada elimina deshechos de grasas y aceites en las aguas del río. Más del 90% de la explotación minera en la región se hace sin llevar a cabo estudios sobre el impacto ambiental.

Casi todos los mineros vienen de ciudades como Puno, Arequipa y Abancay. Llegan cuando empieza la temporada seca y se van con la llegada de las lluvias. En su mayoría trabajan para el "dueño" de la playa por un jornal equivalente a US$9 por día.

Todos viven en campamentos mineros muy cerca del lugar donde trabajan. Son como pequeñas ciudades pobladas por casas precarias construidas con ramas y plásticos azules. Sus residentes carecen de servicios básicos como sanitarios o agua potable.

La proliferación de campamentos mineros ha dado lugar a numerosos problemas sociales. La prostitución, la trata de menores, la violencia y el trabajo en condiciones de esclavitud son sólo algunos de ellos.