¿Quién está tomando las decisiones en Irán?

Una imagen de Mojtaba Jamenei en medio de una carretera donde hay taxis amarillos y verdes y motocicletas estacionadas, con un hombre que lleva gafas de sol, pantalones negros y una camiseta gris, hablando por teléfono con la mano derecha.

Fuente de la imagen, EPA

Pie de foto, Mojtaba Jamenei no ha sido visto en público desde que sucedió a su padre como líder supremo.
    • Autor, Amir Azimi
    • Título del autor, Editor del Servicio Persa de la BBC
  • Tiempo de lectura: 6 min

La pregunta que ha flotado sobre Teherán desde los ataques iniciales de la actual guerra de Estados Unidos e Israel con Irán es simple: ¿quién manda?

Formalmente, la respuesta es clara.

Mojtaba Jamenei asumió el cargo de líder supremo tras la muerte de su padre, Alí Jamenei, el primer día de la guerra, el 28 de febrero.

En el sistema de la República Islámica, ese puesto está pensado para ser decisivo.

El líder tiene la última palabra sobre casi todo lo importante: la guerra, la paz y la dirección estratégica del Estado.

Pero en la práctica, el panorama es mucho más difuso.

El presidente de EE.UU., Donald Trump, ha descrito el liderazgo de Irán como "fracturado" y ha sugerido que la Casa Blanca está esperando a que Teherán presente una "propuesta unificada".

La unidad estaba ciertamente en la mente de los líderes iraníes cuando distribuyeron un mensaje a la población en sus teléfonos celulares la noche del jueves diciendo que "no existe tal cosa como un radical o un moderado en Irán: hay solo una nación, un rumbo".

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Mojtaba Jamenei no ha sido visto en público desde que llegó al poder.

Más allá de un puñado de declaraciones escritas, incluida una en la que insiste en que el estrecho de Ormuz sigue cerrado, hay pocas pruebas directas de su control cotidiano.

Funcionarios iraníes han reconocido que resultó herido en los ataques iniciales, pero han ofrecido pocos detalles.

The New York Times, citando fuentes iraníes, informó esta semana que podría haber sufrido varias lesiones, incluidas heridas en el rostro que le han dificultado hablar.

Y su ausencia importa.

En el sistema político de Irán, la autoridad no es solo institucional, sino performativa.

Alí Jamenei indicaba sus intenciones mediante discursos, apariciones cuidadosamente calibradas y arbitraje visible entre facciones.

Esa función de señalización ahora está en gran medida ausente.

El resultado es un vacío de interpretación.

Algunos sostienen que el ascenso de Mojtaba Jamenei en tiempos de guerra simplemente no le ha permitido establecer la autoridad a su manera.

Otros apuntan a las informaciones sobre sus lesiones y cuestionan si es capaz de gestionar activamente el sistema.

En cualquier caso, la toma de decisiones parece menos centralizada que antes de la guerra.

Canales diplomáticos abiertos, pero solo un poco

En los papeles, la diplomacia recae en el gobierno de Masoud Pezeshkian.

El canciller Abbas Araghchi continúa representando a Teherán en las conversaciones con EE.UU.

Pero ninguno de los dos parece estar marcando la estrategia y su autoridad se ve aún más cuestionada por el hecho de que la delegación iraní esté encabezada por el presidente del Parlamento, Mohammad Baqer Qalibaf.

El papel de Araghchi parece más operativo que de decisión.

Su breve marcha atrás sobre si el estrecho de Ormuz estaba abierto o cerrado -primero sugirió que el tráfico se había reanudado y rápidamente se retractó- ofreció un atisbo poco habitual de lo poco que el canal diplomático controla las decisiones militares.

Pezeshkian, por su parte, se ha alineado con la dirección general de la República Islámica sin moldearla visiblemente.

Considerado una figura relativamente moderada, el presidente iraní hasta ahora ha evitado impulsar una línea independiente.

Los retrasos en la segunda ronda de conversaciones con EE.UU. en Islamabad, la capital de Pakistán, refuerzan ese punto.

Incluso cuando los canales diplomáticos están abiertos, el sistema parece incapaz o poco dispuesto a comprometerse.

Un ámbito militar en expansión

El control del estrecho de Ormuz es la fuente más inmediata de influencia de Irán.

Pero las decisiones sobre su cierre recaen en el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), dirigido por Ahmad Vahidi, y no en el equipo diplomático.

Eso coloca el poder real en manos de actores que operan a puertas cerradas.

A diferencia de crisis anteriores, no hay una figura única e identificable que se apropie claramente de la estrategia.

En su lugar, surge un patrón: primero las acciones, luego los mensajes, y no siempre de forma coherente.

En la práctica, son las acciones del CGRI -ya sea al hacer cumplir el cierre de Ormuz o al atacar objetivos en todo el Golfo- las que parecen marcar el ritmo de la crisis.

Las respuestas políticas y diplomáticas a menudo siguen esas decisiones, en lugar de liderar.

Esto no señala necesariamente una ruptura de las ramas administrativas.

Pero sí sugiere que la autonomía operativa del CGRI se ha ampliado, al menos temporalmente, en ausencia de un arbitraje político claro.

Qalibaf da un paso al frente

En medio de esta ambigüedad aparece Mohammad Baqer Qalibaf.

Excomandante de la Guardia Revolucionaria y actual presidente del Parlamento, Qalibaf se ha convertido en una de las figuras más visibles del momento.

Se ha insertado en las negociaciones, se ha dirigido al público y, en ocasiones, ha enmarcado la guerra en términos pragmáticos más que ideológicos.

Dentro del Parlamento y en los ámbitos conservadores, la resistencia a las negociaciones sigue siendo fuerte.

El mensaje de línea dura se ha intensificado, y los medios de comunicación estatales y las campañas públicas presentan cada vez más las negociaciones como una señal de debilidad frente a los enemigos del país.

La posición de Qalibaf es, por tanto, precaria: activa, pero no claramente autorizada.

El presidente del Parlamento iraní insiste en que sus acciones se alinean con los deseos de Mojtaba Jamenei, pero hay pocas pruebas visibles de coordinación directa.

En un sistema que depende de señales desde la cúspide, esa ambigüedad es reveladora.

El presidente del Parlamento iraní, con una chaqueta oscura sobre una camisa blanca, estrecha la mano del jefe del Ejército de Pakistán, que viste uniforme militar y una boina verde. Ambos hombres sonríen, y las banderas de ambos países se ven a los lados de la imagen.

Fuente de la imagen, Reuters

Pie de foto, El presidente del Parlamento iraní ha surgido como un negociador clave; aquí se lo ve recibiendo la semana pasada al jefe del Ejército de Pakistán, Asim Munir.

¿Coherencia declarada o ejercida?

En conjunto, estas dinámicas apuntan a un sistema que funciona, pero no está dirigido de manera coherente.

La autoridad del líder supremo existe, pero no se ejerce de forma visible. La presidencia está alineada, pero no lidera. La diplomacia está activa, pero no es decisiva.

El estamento militar tiene palancas clave, pero sin un arquitecto público nítido.

Las figuras políticas dan un paso al frente, pero sin una legitimidad clara.

Esto no es un colapso. La República Islámica permanece intacta.

Pero sí sugiere algo más sutil: un sistema que lucha por convertir la influencia que tiene -por ejemplo, la capacidad de cerrar el estrecho de Ormuz- en una estrategia definida en un momento de presión aguda.

Todavía puede actuar en múltiples frentes, pero le cuesta señalar una dirección clara a sus propios centros de poder.

Y en el modelo político de Irán, la coherencia se mantiene a través de las indicaciones.

Por ahora, el sistema resiste la presión, mantiene el control y evita cualquier desmoronamiento visible pese a la presión creciente.

No obstante, cada vez plantea más la pregunta de si la coherencia se está ejerciendo o simplemente declarando.

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