Una lagartija en mi pintura y otras cosas que me asombran de Brasil

Vista del Pan de Azucar y la bahía de Guanabara detrás de la estatua de Corcovado en Río de Janeiro.

Fuente de la imagen, AP

Pie de foto, Río de Janeiro, una ciudad donde la naturaleza sorprende.
    • Autor, Gerardo Lissardy
    • Título del autor, BBC Mundo, Brasil
  • Tiempo de lectura: 4 min

Tengo una pintura que suelo observar al final del día. Y el martes, cuando la vi desde unos metros, noté algo raro en ella.

Era una suerte de mancha oscura. Al acercarme inquieto y encender la luz, descubrí que se trataba de una lagartija verde. Nos miramos un instante y en un movimiento fugaz se escondió detrás del cuadro.

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Vivo en un noveno piso y no estoy acostumbrado a recibir ese tipo de visitas. ¿Qué hacer? ¿Intentar sacarla? ¿Llamar a la gata? Al final decidí dejarla en paz y me fui a dormir.

En la cama me pregunté por qué la lagartija habrá elegido justo aquella pintura. También pensé cuántas veces al día la naturaleza me asombra viviendo en Brasil.

Teleférico sobre el complejo de favelas de Alemão.

Fuente de la imagen, REUTERS

Pie de foto, Otra cara de Río: el complejo de favelas de Alemão con su teleférico.

Me pasa de mil formas distintas desde que me mudé a Río de Janeiro hace tres años: con la magnificencia de sus playas y morros, el reinado de la vegetación por doquier, la exuberancia de la selva tropical atlántica de Tijuca, la danza de micos en el árbol frente al balcón de mi primer apartamento en Flamengo, el jazmín que de un día al otro trepó hasta el infinito, el aroma a mar al abrir la ventana, las copiosas lluvias de verano…

También hay sorpresas desagradables, como aquella multitud de hormigas golosas que estropeó mi dulce de leche uruguayo, o la abeja traicionera que me clavó el aguijón hace unos días cuando leía relajadamente el diario en el sofá.

Un atardecer poco después de instalarme aquí, entrevistando al arquitecto argentino Jorge Mario Jáuregui en lo más alto del teleférico que él mismo diseñó en el complejo de favelas de Alemão, le pregunté cuál es el encanto de Río.

"Desde el punto de vista arquitectónico es bastante más fea que París", le dije comparando con la ciudad donde habité antes.

"El encanto de Río es que acá podés sentir que vivís adentro de la naturaleza", respondió. "Y eso no pasa en otras ciudades grandes como esta”.

Puede parecer algo trivial. Pero quizá no lo sea tanto para este país que tendrá una elección nacional el domingo.

El ritmo brasileño

Destrucción de un horno para hacer carbon de madera cortada ilegalmente en la Amazonía brasileña.

Fuente de la imagen, Reuters

Pie de foto, La deforestación amazónica, uno de los problemas ambientales de Brasil.

Con algunas excepciones como la gran metrópoli de São Paulo, muchos otros lugares de Brasil tienen en mayor o menor medida esa característica fascinante de Río.

Lo he notado en las ciudades húmedas del noreste como Salvador, Recife o Fortaleza y en las sierras de Minas Gerais. Lo vi en el estado amazónico de Acre y en el litoral sureño.

Es cierto que en Brasil hay problemas ambientales graves, de contaminación en ciudades como São Paulo o la propia Río, y de deforestación en la selva.

Pero muchas veces me he preguntado si la idiosincrasia de los brasileños habrá sido moldeada de algún modo por esa presencia habitual que la naturaleza aún tiene en su vida cotidiana.

Pese a todos los problemas de violencia, desigualdad, corrupción, salud pública, educación, transporte y saneamiento que podrían amargarle la vida a cualquiera, este es un pueblo alegre.

Bandera de Brasil

Fuente de la imagen, Reuters

Y esa alegría, que se percibe en el samba y en la feria, en el bar y en el fútbol, es algo que también me impresiona.

“Todavía da para ser feliz”, dijo una vez con una gran sonrisa Guarací, un carioca que gana unos 350 dólares mensuales y viaja todos los días tres horas de ida a su trabajo como mandadero en el centro de Río y otras tres horas para volver a casa.

Recuerdo que en 2011, mi último año de estadía en París, una encuesta internacional ubicó a Brasil entre los países más optimistas respecto al futuro. ¿El más pesimista? Francia.

Tal vez eso haya variado un poco desde entonces. Pero es difícil explicar cómo los franceses, con toda su cultura, educación, seguridad, vacaciones, arquitectura y gastronomía, puedan ver el porvenir tanto peor que los brasileños.

Algunos analistas en Francia atribuyen esto a la ausencia de un proyecto colectivo, de una noción clara de pertenencia a un grupo.

Mujer bailan durante las preparaciones del Carnaval en Río.

Fuente de la imagen, Getty

Pie de foto, Carnaval: la alegría brasileña a pesar de todo.

Es posible que los brasileños tengan más clara esa noción, en la que finalmente reside la democracia.

Dudo, sin embargo, que la mayoría de los que voten el domingo en este país crean de verdad que sus vidas van a mejorar o empeorar mucho en los próximos cuatro años según el resultado de las elecciones.

Pero ya sea en la forma de un árbol, una playa o una lagartija, seguirán teniendo a su lado la referencia de esa naturaleza que tanto me sorprende, para admirar la vida pese a todo.

Algo me dice que los brasileños interpretan a su manera aquel consejo de Ralph Waldo Emerson: “Adopte el ritmo de la naturaleza; su secreto es la paciencia”.