Lea Ypi: por qué decidí investigar la vida de mi abuela cuando una inquietante foto de ella se volvió viral

Fuente de la imagen, David Levenson/Getty Images
La imagen en blanco y negro mostraba a una pareja glamurosa en su luna de miel en los Alpes italianos, mirando a la cámara desde unas tumbonas y cubiertos por unos elegantes abrigos. La fecha: 1941, en pleno apogeo de la Segunda Guerra Mundial.
Lea Ypi se topó con ella un día revisando sus redes sociales y supo reconocerla al instante: se trataba de su abuela Leman, a la que tan apegada había estado, y su abuelo Asllan, que había muerto meses después de que ella naciera.
Nunca antes había visto la fotografía. Tampoco conocía a la persona que la había subido a las redes, ni a los que volcaban bilis en los comentarios, acusando a Leman tanto de "espía comunista" como de lo contrario, de "colaboradora fascista".
Este es el punto de partida de "Indignidad, una vida recreada", el último libro de la filósofa y escritora albanesa Lea Ypi, que se embarca en un viaje por los archivos de la policía secreta del que fuera el último país estalinista de Europa para reconstruir, pedazo a pedazo, la vida de su abuela.
Musulmana y albanesa, pero nacida en Salónica en el seno de una familia de la aristocracia otomana, Leman se crió en francés y creció rodeada de griegos, armenios, judíos y turcos.
Fue la primera mujer en trabajar en la administración de Albania, país en el que conoció a su marido Asllan, procedente de una familia con conexiones en el poder, y compañero de estudios de Enver Hoxha, el hombre que gobernaría tiránicamente los destinos de los albaneses durante décadas de régimen estalinista.
En esa nueva Albania de Hoxha que surgió tras la Segunda Guerra Mundial, Asllan fue acusado, como tantos otros, de ser un "enemigo del Estado", con consecuencias terribles para Leman y su hijo pequeño.
Las heridas que la historia dejó en la familia volvieron a abrirse cuando Ypi descubrió la foto de la luna de miel: "¿Por qué esas personas, sin conocerla a ella ni a nosotros, debían decidir qué quería mi abuela, quién era ella, qué significaba esa foto? ¿Y qué les daba derecho a compartirla, a resumir su vida y luego despreciarla?".
Catapultada a la fama mundial por "Libre, el desafío de crecer en el fin de la historia", que ha sido traducido a 35 lenguas y en el que mezcla las memorias de su vida en Albania con la reflexión sociopolítica y el ensayo histórico, en su nuevo libro Lea Ypi indaga en cómo aquello que cuentan los archivos oficiales es un relato sesgado, parcial e interesado de la historia.
Profesora de Teoría política en la London School of Economics (LSE), Ypi encuentra paralelismos entre ese periodo turbulento de "Indignidad", que nace con el desmantelamiento del Imperio otomano, el nacimiento del fascismo, el estallido de la guerra y los inicios del comunismo en los Balcanes, y los tiempos en los que vivimos.
La instrumentalización de la identidad y las políticas sobre quién pertenece y quién no a una sociedad vuelven a estar muy presentes, y cuestiones como la libertad, la dignidad o el legado cobran especial importancia en un mundo que se ha vuelto inestable y peligroso.
BBC Mundo habló con Lea Ypi en el marco del Hay Festival Cartagena de Indias, que se celebra en la ciudad colombiana del 29 de enero al 1 de febrero.

Cuentas en "Indignidad" que cuando viste aquella imagen de tu abuela y todos los insultos en las redes sociales sentiste la necesidad de dar un paso al frente porque ella ya no podía defenderse por sí misma.
Sí, ella es alguien a quien yo estaba muy unida. Y como se puede inferir también de "Libre", fue alguien que tuvo una vida muy difícil, hecha de altibajos. Y ella siempre decía que, aunque en su vida lo había perdido todo —había nacido en una gran riqueza y poder, y lo perdió; perdió a su familia y sus conexiones—, siempre insistía en que lo único que nunca perdió fue su dignidad.
Porque la dignidad no tiene nada que ver con el dinero, los honores o los títulos. Es algo que tenemos simplemente por ser humanos y por tener "agencia moral", es decir la capacidad de obrar moralmente.
Y se me ocurrió, cuando apareció esta foto, que todo lo que decimos sobre la dignidad de alguna manera depende de que alguien sea capaz de defenderla. Y la pregunta es: ¿qué pasa cuando la persona está muerta? ¿Cuál es el significado de esa vida una vez que alguien ya no está para poder defender su dignidad?
Y el libro es, en muchos sentidos, una pregunta sobre la relación entre la verdad, el legado y la dignidad. Y sobre la necesidad de que los sobrevivientes o los descendientes reflexionen sobre la dignidad de las generaciones anteriores cuando ya no están ahí para darnos sus lecciones morales como lo hacían cuando aún están vivas.
Y, por supuesto, también trata mucho de lo que ocurre con la dignidad en esta era de manipulaciones constantes y atropellos a la dignidad, de una verdad que es cuestionada, de las noticias falsas, de las formas digitales de información y vigilancia, y demás.

Fuente de la imagen, Archivo de la Autoridad para la Información sobre los Documentos de la Antigua Seguridad del Estado en Albania
Tu abuela Leman dice en el libro que "solo somos libres cuando intentamos hacer lo correcto". ¿Existe un vínculo entre la libertad y la moral? ¿Es la libertad una idea moral?
Sí, exactamente. Mi anterior libro, "Libre", fue una manera de poner a prueba distintas ideas de libertad. Y una de ellas es que la libertad no consiste en hacer lo que te apetece, sino más bien en ser capaz de tomar distancia de tus emociones, de tus instintos, y preguntarte: ¿es algo que realmente quiero hacer, o es solo algo que siento ganas de hacer?
Y esto es, en realidad, una pregunta moral. Y por eso mi abuela —y yo siempre he estado de acuerdo con ella— piensa que la libertad es en realidad la capacidad de tomar distancia de todo esto y no dejarse arrastrar por la naturaleza hacia decisiones de las que luego te puedas arrepentir y que, si lo piensas bien, resultan ser decisiones moralmente equivocadas.
Yo siempre pensé que esto es exactamente lo que da dignidad a los seres humanos: esta capacidad de actuar de manera moral y reflexionar, que es lo que nos hace diferentes de los animales.
Un animal, si quiere comer, come. Si quiere dormir, duerme. Si quiere tener sexo, lo tiene. Los humanos somos la única especie que puede decidir hacer una huelga de hambre, por ejemplo. Incluso si tienes ganas de comer, tienes un principio moral o un objetivo que quieres perseguir.
Con esta idea de libertad, podría llegar a pensarse que un esclavo en la cárcel o un prisionero en un campo de concentración pueden ser libres. Y que libertad y dignidad van unidas.
De alguna manera, esta es exactamente la lección: que la gente puede intentar deshumanizarte, pero no puede llegar realmente a ese núcleo, porque la dignidad es algo que llevas contigo, a pesar de todas las humillaciones del gulag o del campo de prisioneros.
Yo quería poner a prueba esta idea a través de este siglo XX, en el que tienes una acumulación de afrentas a la dignidad de todo tipo: todos estos proyectos políticos que reclaman la dignidad y que intentan pervertirla, manipularla y aplastarla.
Y esta mujer, en el libro, intenta de alguna manera defender siempre lo que significa defender la dignidad, pero también muestra cuál es el costo de hacerlo. Así que gran parte del libro trata también sobre el sacrificio y lo difícil que es mantener esta noción, pero también sobre el hecho de que es posible.
Pero las personas no actúan solo por imperativos morales; también actúan porque están en circunstancias de supervivencia o de dificultad, es una lucha.
Y el hecho de que no la pierdas es, de algún modo, tu esperanza. Es lo que te hace aferrarte y resistir. Porque si renunciaras a esta idea —"he perdido mi dignidad"—, te convertirías en un sujeto pasivo. Ya no tendrías capacidad de decisión. No podrías resistir.
Así que creo que el hecho de que la dignidad esté ahí y no puedas perderla es exactamente lo que te da el poder de luchar contra estas faltas de libertad y estas amenazas a la libertad.

Fuente de la imagen, Anagrama
Hay una frase en el libro que me parece que tiene mucha resonancia en el mundo actual. Asllan, tu abuelo, habla con su padre Xhafer, que fue primer ministro de Albania, reprochándole que ha perdido la dignidad por su postura frente a la invasión de la Italia fascista y este le dice: "Puede que haya naciones que hagan historia. Nosotros no estamos entre ellas. A nosotros la historia nos la hacen". Hoy, cuando parece que estemos volviendo a una era de imperios, muchos países pequeños pueden sentir que la historia se les impone.
Sí, exactamente. En este momento, de hecho, todos los periodistas daneses me preguntan por esta frase, porque la leen desde Dinamarca y se reconocen en ella. Y creo que hay algo de verdad en esa afirmación. Es cierto que existe una política de grandes potencias que moldea el destino de los países más pequeños.
Pero lo que yo quería era poner esa visión de la historia en diálogo con otra. Porque, al final, Asllan no comparte del todo esa idea de la historia. Él tiene una concepción distinta: sí, puedes luchar, puedes resistir. Hay ejemplos de países pequeños, naciones pequeñas o individuos sin poder que, contra todo pronóstico, logran imponerse. Está la imagen de David contra Goliat: personas que parecen débiles y que, al final, sobreviven e incluso vencen.
Es importante recordar esto cuando pensamos la historia como algo que simplemente nos sucede.
En el caso de Xhafer, el padre, él pronuncia esta frase para justificar los compromisos que está haciendo, aun sabiendo que son una afrenta a la dignidad que dice proteger. Quiere justificarse diciendo: "yo solo soy una víctima". Pero hay otra perspectiva que dice: nunca eres solo una víctima. También tienesagencia, tienes la capacidad de decidir. Y esa es la voz de la generación más joven, del hijo, que le dice al padre: si piensas así, si te concibes solo como víctima, no encontrarás los recursos para luchar.
Y muchas veces es precisamente la lucha la que te permite ir contra todo pronóstico, sobrevivir y, a veces, incluso ganar frente a enemigos mucho más poderosos.
Si las personas en el poder siempre hubieran tenido la última palabra, nunca habríamos tenido las luchas anticoloniales, ni la abolición de la esclavitud. Algo ocurre en la mente y en el espíritu humanos que permite que exista la resistencia.
¿Ves hoy a más Asllan o a más Xhafer en el mundo?
Creo que definitivamente veo a más Xhafer. Y por eso resuena tanto: porque todos estamos forzados a hacer compromisos y a tomar decisiones difíciles, a decirnos que no hay una opción correcta.
Hay otra frase, de Adorno, que cito en el libro: "no hay vida correcta en la vida falsa". Todos estamos atrapados en esta red de decisiones que, en muchos casos, no son auténticas ni morales, y a menudo somos quienes recibimos su impacto.
Pero creo que precisamente en momentos como este es fundamental recordar también el punto de vista de Asllan. Porque nada más puede sacarte de esta situación que ese otro pensamiento: que no todo está perdido, que no es demasiado tarde, que no estamos condenados. Los seres humanos también tienen ese otro lado, y debemos recordarlo.
Es como con la Junta de Paz de Trump. Lo devastador es cómo pasa por encima de décadas de esfuerzos de los países por unirse y crear instituciones que, aunque imperfectas, son lo más cercano que hemos tenido a una cooperación internacional real e inclusiva.
En lugar de eso, tienes un consejo creado por una sola persona, que envía una carta de forma totalmente opaca, sin consultar a nadie, y que te obliga a elegir. Eso es la expresión más cruda del "la fuerza hace el derecho".
Pero, al mismo tiempo, también ves resistencia.
Hay personas en Estados Unidos que se oponen: las protestas en Mineápolis, por ejemplo. Eso también es una señal de esperanza: hay seres humanos que no están dispuestos a aceptar esto. Y eso conecta directamente con la figura de Asllan de la que hablaba antes. Incluso en Davos, entre las élites, se ven signos de rechazo a esta visión del poder crudo y brutal.

Tu libro comienza con el final de un imperio, el otomano, pasa por el nacimiento del fascismo y las guerras mundiales. ¿Qué paralelismos ves entre ese primer tercio del siglo XX y la actualidad?
Para mí, la conexión más directa es este momento de desglobalización.
Hubo un periodo de fuertes conexiones internacionales, de globalización. La Sociedad de Naciones fue un intento de cooperación internacional que surgió tras la Primera Guerra Mundial. Y luego llega el crack de Wall Street de 1929 y la crisis financiera que, combinadas con el auge del Estado-nación, conducen a la instrumentalización de las minorías y de la identidad para compensar, de alguna manera, las consecuencias destructivas de la globalización. Empiezan a ser utilizadas como armas.
Las personas empiezan a decir en ese momento: tenemos que decidir quién pertenece y quién no pertenece. Estamos en una crisis profunda. Tenemos la crisis de 1929. Grecia es para los griegos, no para los albaneses, no para los judíos, no para los turcos que son enviados de vuelta a su país.
Así que el paralelismo que más me impacta es la forma en que la identidad se instrumentaliza para responder a problemas que en realidad no tienen que ver con la identidad. Se ofrece una respuesta civilizatoria a problemas que son, en esencia, políticos y económicos.
En un momento del libro, de hecho, las autoridades griegas de Salónica se quejan a los alemanes de que los judíos nunca han contribuido a nada en la comunidad, viven vidas paralelas y saquean los recursos del Estado… exactamente el mismo discurso que escuchamos hoy sobre los migrantes en muchos sitios.
Exactamente, la instrumentalización de los migrantes, en la idea de que los migrantes están socavando las democracias liberales o no logran integrarse.
Estas eran discusiones constantes en los años veinte y treinta: que los albaneses no aprendían el idioma, que los judíos mantenían sus propias prácticas, sus propios rituales, que no se integraban. Conversaciones que parecen inocentes al principio, pero cuyas consecuencias se revelan después.
Ese discurso no puede ganarse nunca, porque se vuelve cada vez más agresivo, más culpabilizador, y entra en un ciclo de racismo, xenofobia y odio que acaba conduciendo a la violencia, a la guerra y, en última instancia, a la destrucción mutua.
Y todas esas discusiones, todas esas citas, están literalmente en los documentos de la época. Yo no las inventé ni proyecté mis propias lecturas actuales sobre el pasado. Y entonces ves el poder que tienen esas palabras y lo que desencadenan. Ves adónde conduce ese lenguaje.

Fuente de la imagen, Jesse Grant/Getty Images
Esta cuestión de la identidad y el legado que nos dejan nuestros antepasados conecta también ambos libros, "Libre" e "Indignidad". Explorar todos esos archivos, tratar de reconstruir la historia de tu abuela… ¿cuánto te ayuda eso a entenderte a ti misma?
Muchísimo. Somos quienes somos gracias a nuestros antepasados. Y pensamos como pensamos debido a las historias que nos preceden.
A pesar del mito neoliberal del individuo soberano que toma decisiones por sí solo, todas nuestras acciones están siempre insertas en una red de consecuencias y acciones que vienen de otro tiempo y se dan en un contexto histórico.
Cada decisión política que tomamos hoy está insertada en una cadena de historias. Por eso, para entender el presente, es fundamental comprender el pasado. Pero también es muy importante comprender el pasado de una manera que no esté manipulada ni instrumentalizada, que no sea propaganda.
Con frecuencia, cuando se presenta la historia desde una perspectiva nacionalista, se reconstruye el pasado celebrando solo la gloria y los logros, y se oculta completamente el legado problemático y trágico que un país puede haber dejado en otras partes del mundo.
Por ejemplo, si eres migrante en el Reino Unido y haces el examen de ciudadanía, nadie te hablará de los asesinatos y crímenes cometidos por los británicos en las colonias. Solo te hablarán de justicia e inclusión.
Se presenta el punto más alto de la historia y se elimina lo incómodo. Por eso, para mí, es crucial abordar la historia no desde el punto de vista del poder ni de las élites que tienen interés en imponer una narrativa y ocultar lo que no encaja, sino desde una lectura más plural y crítica. Eso es lo que realmente te ayuda a entender tu identidad: no una historia en blanco y negro, sino una historia que también mire las sombras.

Fuente de la imagen, Getty Images
Creciste en una sociedad totalitaria, en la Albania comunista. ¿Cuánto de eso ves hoy en día o en lo que está ocurriendo en países como Estados Unidos? ¿Está la democracia perdiendo terreno?
Siempre he pensado la democracia como un ideal. No creo que existan países que "tienen" democracia y países que "no la tienen". Creo que esa es otra forma de propaganda. Para mí, democracia y autocracia forman un continuo. La democracia es tan sólida como las fuerzas democráticas que luchan por ella en cada contexto.
Del mismo modo que en una autocracia puede haber aperturas democráticas y resistencia, en una supuesta democracia también hay momentos autocráticos en los que la democracia se pierde. No creo que esté garantizada en ningún lugar. En parte, porque la forma en que están estructurados nuestros mercados y la relación entre el mercado y el Estado hacen muy difícil una democracia real cuando existen enormes asimetrías de riqueza y poder.
Cuando empresas privadas toman decisiones fundamentales y controlan infraestructuras críticas de defensa de un Estado entero, resulta muy difícil sostener el ideal de representación igualitaria.
Lo que sí puede existir son contextos con una historia de luchas y de intentos por desmontar esas asimetrías. Cuando eso funciona, el sistema es más democrático. Pero, del mismo modo, puede desaparecer cuando otra élite accede al poder y se configura otro conjunto de intereses.
Por eso nunca fui ingenua respecto a la idea de que aquí hay totalitarismo y allí democracia. Para mí, esa es parte de la propaganda que pretende que cierres los ojos ante injusticias evidentes —como los asesinatos cometidos por ICE— y aceptes que "debe haber una razón" solo porque se supone que vives en una democracia. En realidad, se trata de una injusticia brutal, sin justificación alguna, salvo la que proporciona haber interiorizado esa propaganda.

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