Un recorrido por redacciones periodísticas y corrillos del mundo de la natación no puede dejar de detectar uno de los grandes temas del momento: Ye Shiwen, 16 años de edad, china, más rápida que el mismísimo Ryan Lochte, ¿podemos creer en ella?
En otras palabras: estamos ante el verdadero fenómeno de los Juegos de Londres o ante un nuevo caso de posible dopaje.
Pero como suele ocurrir, la información tiene un trasfondo que los redactores de títulos no tienen en cuenta, porque se les acaba el espacio.
Durante el fin de semana se extendió la impresión de que Ye, que todavía no ha completado su desarrollo físico, es "más rápida" que Lochte, un monstruo anfibio, rápido e incansable en el agua y que, en tierra, acostumbra a subir cuestas de arena arrastrando cadenas con gomas de tractor atadas a ellas.
Es un típico ejemplo de ilusión periodística, creado para estimular el interés del público.
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Ustedes no se imaginan la batahola que se ha armado en Gran Bretaña con el triunfo de Bradley Wiggins en el Tour de Francia.
La bulla se debe a que este es el primer triunfo del ciclismo británico en el tour, a pocos días de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres, algo que se toma como un augurio, una señal, un acertijo del oráculo de Kilburn.
Kilburn siendo un barrio de Londres, también conocido como Onfalion, u ombligo del mundo, donde se crió Wiggins y... bueno, basta con la broma.
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Entre insulto e insulto, entre la declarada inocencia de John Terry y la declarada culpabilidad de Luis Suárez, en este curioso caso de paralelas divergentes, conviene repasar las cosas para no extraviarnos.
Tal vez por eso del equilibrio y las compensaciones, la caballerosidad que casi todo el mundo alaba de los ingleses va de la mano con una enorme capacidad a la hora de injuriar e insultar en forma creativa y particularmente eficaz.
La eficacia tiene que ver, suponemos, con el hecho de que muchos insultos en inglés son monosilábicos, palabras de cuatro letras que suenan como pistoletazos: en un solo aliento se pueden acumular muchas obscenidades.
En esto, los extranjeros (bueno, por lo menos los latinos) somos unos angelitos a la hora de insultar.
Pero en los últimos días hasta los nativos más curtidos se han escandalizado por el lenguaje utilizado por los futbolistas, debido a la repetición ante un magistrado de los insultos intercambiados por John Terry y Anton Ferdinand, durante un partido Chelsea-Queens Park Rangers, en octubre del año pasado.
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Roger Federer volvió
a ganar Wimbledon (su séptimo título, igual que Pete Sampras y un tal William Renshaw, del siglo XIX) y volvió a ser número 1.
Serena Williams volvió a ganar Wimbledon: su quinto título individual y, cinco horas después, su quinto título en dobles, acompañada por su hermana Venus.
Llama la atención que ambos campeones hayan sido descartados por muchos comentaristas, no una sino varias veces, como figuras declinantes, de ayer, de esa penumbra en la que inevitablemente deben entrar, por grandes que sean.
Ellos se resisten, como quería Dylan Thomas: "No entres dócilmente en esa buena noche,/ Que al final del día debería la vejez arder y delirar;/ Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz."
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La hazaña del seleccionado español de fútbol, al ganar la Euro 2012, su tercer título consecutivo (Euro 2008, Mundial 2010), con un concluyente
4-0 ante Italia, tras un despliegue apabullante de buen juego, ha silenciado a los detractores que repudiaban su juego de tiki-taka: "tan aburrido como ver crecer el pasto", decían.
Hasta Arsene Wenger, un personaje identificado con la belleza del juego, se había alineado con los acusadores: España era culpable de practicar "un dominio estéril", traicionando su filosofía; "originalmente querían tener la posesión (del balón) para atacar y ganar el partido; ahora da la impresión de que su objetivo principal es no perder el partido".
Las estadísticas parecían respaldar la opinión del técnico francés: en Euro 2008, España había disparado al arco cada 27,4 pases; en el Mundial 2010 cada 34,2 pases... y en la Euro 2012 cada 42,9 pases.
Pero el problema con las estadísticas es su interpretación: antes del hecho parecen indicar una cosa; después, bajo otra luz, nos dicen otra.
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